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1Salmo de David. Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda; escucha mi voz cuando te llamo; 2que mi oración suba hasta ti como el incienso, y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde, 3Coloca, Señor, un guardián en mi boca y un centinela a la puerta de mis labios; 4no dejes que mi corazón se incline a la maldad, o a cometer delitos con hombres perversos. ¡No, nunca gustaré de sus manjares! 5Que el justo me golpee como amigo y me corrija, pero que el óleo del malvado no perfume mi cabeza: yo seguiré oponiendo mi oración a sus maldades. 6Sus príncipes cayeron despeñados, esos que se complacían en oírme decir: 7«Como una piedra de molino hecha pedazos están esparcidos nuestros huesos ante las fauces del Abismo». 8Pero mis ojos, Señor, fijos en ti: en ti confío, no me dejes indefenso. 9Protégeme del lazo que me han tendido y de las trampas de los que hacen el mal. 10¡Caigan los malvados en sus propias redes, mientras yo paso sin hacerme daño!
El Libro del Pueblo de Dios · Fundación Palabra de Vida